Compartimos otro relato que nos vuelve a regalar Cherra, escrito desde el aislamiento de Estremera. Nos dice que su cuento está basado en un hecho real que ocurrió en una prisión acuática de Argentina, donde una orca estuvo cuarenta años cruelmente apresada, a pesar de que el «parque acuático» ya había cerrado. Su intención con este texto es concienciar que los animales no son juguetes y que deben estar en libertad.
Centro Penitenciario Estremera. Diciembre 2025.
Siento el cariño de mi madre; me gusta su olor, el sabor de su leche, su forma de navegar por el océano, sus tiernos cánticos y sus reconfortantes caricias. Ella, tan majestuosa, mes está enseñando a comunicarme con el resto de la manada, a sumergirme en las profundidades del océano, a tomar oxígeno en la superficie.
Me encanta sentir el roce de las olas con su espuma, ver los colores del mar y el cielo, olisquear la infinita variedad de peces y plantas. Me gusta ser LIBRE y FELIZ. Cuanto que descubrir, que mundo tan bonito.
Un día explorando me alejé de mi madre, de la seguridad de la manada y acabé apresada por unos seres primitivos y crueles. Cuando desperté, sólo había agua; el océano sin olas. Agudicé mis oídos, mi olfato, pero no escuché la llamada de mi madre. Asustada, nadé deprisa, pero estaba rodeada de muros y, por más que lo intentaba, siempre acababa en el mismo sitio. Frustrada, aterrada, grité y acabé exhausta.
Entonces escuché un bullicio y se abrió la puerta de la prisión. Titubeante, salí y descubrí otra cárcel más grande. Asomé mi cabeza y volví a ver esos seres tan crueles que me habían apresado y que ahora me jaleaban y aplaudían. Me pregunté: ¿Será que soy tan bella o será que soy un monstruo? Confundida y mientras me echaban peces para comer, descubrí que uno de esos seres era un niño al que llamaban Cherra, y que como yo lloraba desconsolado. Al fin alguien me entiende, pensé, un rayo de luz se abrió ante mi, pensando que todo cambiaría y volvería a ser libre. ¿Quizá sepan lo que es la compasión? Me dije. Pero me equivoqué, no volví a ver a ese niño, y así fueron pasando los días, los meses, los años.
Hoy he cumplido 30 años; triste, agotada. Ya solo me alimento de los bellos recuerdos de mi niñez y de la remota esperanza de que se rompan los muros y poder volver a navegar. Hoy, además, no se escucha el bullicio de la gente, no me han abierto la compuerta de la cárcel. ¿Qué habrá pasado?
Día tras otro me postro ante la puerta, pero nunca se abre. No entiendo nada, además me he hecho tan grande que apenas quepo entre este hormigón. Me falta el oxígeno, no puedo nadar. ¿Será verdad que soy un monstruo? ¿Merezco este castigo?
Hoy ya cumplo cuarenta angustiosos años. Ya he perdido toda esperanza y las ganas de seguir sobreviviendo. No paro de llorar, sufrir y he decidido dejar de comer. Sin entender tan cruel tortura, QUIERO MORIR, arropada con la nostalgia de mi infancia. Desde mi mente, volaré una última vez por los mares, porqué ya sé que nunca seré libre.
Cherra
