Crónica surrealista desde Brians 2: «Catalunya y los residuos»

Hoy publicamos un escrito de Jaume, preso en Brians 2, en el que nos muestra una crónica surrealista en la que critica al sindicato CATAC, que en sus secciones de carceleros proclama «mano dura»; el CIRE, que es el Centre d’Iniciatives per a la Reinserció, empresa pública que «coloniza las cárceles» y que es quien gestiona la explotación de personas presas a través del privilegio de ignorar el Estatuto de los trabajadores, y las Juntas de Tratamiento, que «fomenta la exclusión social crónica».

Cataluña y los residuos

Reciclábase una vez Cataluña. Aunque también pudiera decirse de ese proceso que Cataluña se americanizaba. Sea como fuere, echando mano de un símil fonéticogeográfico, la africación de la libertad era inversamente proporcional al crecimiento de un talante amerindio por parte de un sector minoritario de la sociedad: los otrora apodados «talibanes».

Bien es cierto, todo hay que decirlo, que Cataluña había sufrido muy especialmente a lo largo de la historia las mareas negras de la traición de sus propios dirigentes, y de la tiranía del franquismo, que dejaron profundas secuelas en la cultura del pueblo catalán, y aún en su espíritu; cicatrices que la pátina cosmética del nacionalismo metamorfosea en identidad. Per al grano,Cataluña vivía de pronto a la hora de los cambios en razon de uno de sus mayores problemas: el Tratamiento de Residuos.

Por doquier el consumismo salvaje evidenciaba la inexistencia de una economía responsable, y en Cataluña esa lacra se erigía como un espectro amorfo y viscoso, engrudando las almas ávidas y codiciosas de la clase privilegiada de Cataluña; las de aquellos que, cuando Franco y sus moros estaban cruzando el Ebro se las piraron hacia repúblicas más hospitalarias, cuando no colaboraron simple y llanamente con el traidorísimo, dejando a la plebe a manos de los antropófagos. Cuando amainó el temporal, esa «élite» salió de sus madrigueras, en algunos casos cambió de chaqueta, y en otras se instituyó en clase dirigente de Catalunya, merced a la sistemática sangría económica que operó sobre su propia gente. Un protagonismo que dió en llamarle anatomía, pero a base de consolidar la amnesia colectiva acabó por invadir el campo semántico de independencia.

Y era que habían contraído de los caníbales que asolaron la geografía española el virus de la devaluación de la vida humana. La de los demás, claro está. Así mismo, toda voz disidente, toda opinión contraria a las dictadas de los nuevos amos de Cataluña era feroz y discrétamente reprimidas al socaire de un sistema administrativo tan expeditivo cómo original: la persona rebelde desparecía tras de una cosificación aséptica del mismo, volviéndole material residual, al que se le aplicaba una medida de… …reciclaje que no desmerecía la reputación de una sociedad capitalista.

«Tratamiento» llamábase esa labor institucional. Es menester precisar aquí que el modelo social americano siempre sedujo a los catalanes. Bueno, mejor dicho a los nuevos catalanes.

Empero, Cataluña contó pronto con un considerable porcentaje de individuos reducidos a la condición de residuos, lo cual no dejó de generar tensiones en el seno de un colectivo social, el catalán, que se tornaba cada vez más cínico para con sus dirigentes. Una crisis tal, que desembocó en una revisión de la política de reciclaje. Se oyeron por entonces voces que defendían un sistema «a la americana»; así las provinientes de la Confederación Autónoma de Tartufos Administrativa de Catalunya -dixit CATAC.

Hasta entonces funcionaban unos cuantos centros de reciclaje que contaban, en teoría, con medios científicos. Digo bien «en teoría», porque lo cierto era que los responsables de tales instalaciones se limitaban a amontonar a los residuos en módulos de hormigón armado, donde poco material reciclado salía; siendo como era que la misión de reciclaje no pasaba de ser, amén de una política de escaparate, una burda estafa al contribuyente. Por con pretensión a frenar la derrama de gasto publico que ello suponía, desde la CATAC se dejó oír un «el tratamiento no tiene porqué ser una prioridad; mirad a los americanos, ellos no temen contaminar». La guerra de los residuos venía de empezar.

Pero Cataluña poco tiene que ver con las llanuras de Texas o de Ohio, por donde cabalgan unos cowboys taciturnos e independientes. Nada que ver con las desérticas extensiones del mítico continente, adonde resulta «renovable» enterrar cuanto molesta o contamina, sin otra preocupación que la de cavar o edificar. Sin embargo, Cataluña se americanizaba, y su geografía apareció pronto sembrada de inexpugnables fortines, entre cuyos recintos los residuos planteaban el doble problema de hacinamiento y desconfianza creciente de la sociedad hacia sus dirigentes. «Desafección» dió en llamarse ese hartazgo ciudadano. Como el proceso de deterioro de la convivencia social era lento, se prefería simplemente ignorarlo. Es más, los agentes sociales entendían soslayarlo condicionando un interés público de solidaridad para con masas migratorias extrañas, a las que habría que acoger e integrar en Cataluña.

Mas la tensión social subía inexorablemente, y la situación se tornaba peligrosa a la sazón para algún que otro cargo político, que hubo que hacer las maletas sin decir adiós. Sí, bueno, como sus antepasados, ¿no?

Confidencialmente se creó un gabinete de crisis para dar una supuesta salida al conflicto catalán; que era otra – la salida – que el cambio de una chaqueta que se le venía imponiendo. Era el principio del fin.

Se estaba a en éstas cuando apareció un buen día por los pasillos del Parlament un tipo procisto de sólidas credenciales, que le abrieron las puertas de la sala del Pleno, donde estaban congregados los representantes de la ciudadanía.

Ante este plantel, el extraño anunció sin preámbulos: «Represento al CIRE, acrónimo de Centro de Inversión de Residuos Específicos. Hemos estudiado a fondo las salidas comerciales que ofrece la crisis catalana y, por tanto, la solución de la misma. Asimismo mediante una intensa y vasta campaña de marketing elaborada por los más agresivos emprendedores, condicionamos, para empezar, un periodo de transición conformista por todo el país, al albor de que, primero, algunas cargas políticas se hacen a un lado; segundo, situamos a nuestros fichajes en un lugar y, por último, asumimos el Tratamiento de los Residuos valiéndonos de un complejo proceso de disección nuclear, consistente grosso modo en reducir a moléculas el material residual. Dichas moléculas permiten la confección de toda una gama de artículos de consumo, así paraguas, revestimientos de suelos, utensilios de cocina, césped artificial… Para quienes de entre ustedes vivan en el exilio, CIRE abriría unas sucursales – dixit embajadas- a cuyo frente les pondríamos para la distribución de nuestros productos, con independencia de criterio» concluyó el tipo con una carcajada salvaje.

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